Niños que no dan problemas: míralos también
Hay niños que consiguen nuestra atención casi sin proponérselo. Preguntan, protestan, se enfadan, lloran o necesitan nuestra ayuda continuamente. Y después están los otros: los que esperan, obedecen y parecen desenvolverse perfectamente sin nosotros. Son esos niños que no dan problemas. Los que suelen escuchar frases como “da gusto con él”, “es buenísima” o “nunca hay que decirle nada”. Y precisamente porque aparentemente todo va bien, existe el riesgo de que terminen pasando desapercibidos. Porque los niños que no dan problemas también necesitan nuestra mirada, nuestro tiempo y nuestra atención.
Cuando miramos a quien más nos reclama
Imaginemos una situación habitual en cualquier aula:
Un niño está llorando, dos compañeros discuten por un juguete y otro necesita ayuda para ponerse el abrigo. Mientras intentamos atenderlos a todos, una niña espera pacientemente con un dibujo entre las manos.
No grita, no protesta ni nos llama continuamente. Simplemente espera. Y precisamente porque sabe esperar, posiblemente será la última a la que atendamos.
No sucede porque nos importe menos. Nuestra atención suele dirigirse hacia aquello que parece más urgente. El problema aparece cuando confundimos urgencia con necesidad, porque los niños que no dan problemas también pueden necesitar que nos detengamos un momento a su lado.
Esto sucede en el colegio, pero también en casa. Cuando un hijo reclama continuamente nuestra ayuda, resulta fácil dedicarle más tiempo mientras pensamos que su hermano está perfectamente porque nunca nos da motivos para preocuparnos.
Quizá lo esté. Pero también merece que nos acerquemos a comprobarlo.
Post recomendado: La ratio de Educación Infantil a debate
Portarse bien no siempre significa estar bien
El comportamiento de un niño nos proporciona mucha información, pero no nos cuenta todo lo que sucede en su interior. Puede estar sentado tranquilamente y sentirse triste. Quizás esté haciendo todas sus tareas y tener miedo a equivocarse. Puede compartir siempre porque le cuesta decir que no.
También puede evitar los conflictos porque no sabe cómo afrontarlos o dejar de pedir ayuda porque ha aprendido que otros niños parecen necesitarla más.
Por eso, cuando pensamos en los niños que no dan problemas, deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿cómo está realmente ese niño?
No se trata únicamente de observar si se porta bien, cumple las normas o termina aquello que le proponemos. También necesitamos interesarnos por cómo se siente, qué necesita o si hay algo que le preocupa.
El peligro de ser siempre “el bueno”
Las etiquetas no son únicamente negativas. Expresiones como “es el bueno de la casa”, “ella nunca da problemas” o “es muy responsable” suelen pronunciarse con cariño, pero también pueden terminar convirtiéndose en una carga.
¿Qué ocurre cuando ese niño se enfada, no quiere compartir, necesita llorar o simplemente tiene un mal día? Puede sentir que está decepcionando a los adultos que esperan de él un determinado comportamiento.
Algunos niños que no dan problemas pueden terminar sintiendo que deben mantener siempre esa imagen. Poco a poco podrían aprender a esconder determinadas emociones, no porque hayan desaparecido, sino porque piensan que no deberían sentirlas.
Nuestros niños necesitan saber que pueden equivocarse, enfadarse y pedir ayuda. Y, sobre todo, que pueden hacerlo sin que cambie la imagen que tenemos de ellos.
También tienen derecho a tener un mal día
A veces esperamos de los niños un comportamiento que ni siquiera los adultos somos capaces de mantener. Nosotros también nos cansamos, nos enfadamos, perdemos la paciencia y necesitamos que alguien nos ayude. Ellos también.
Educar implica enseñar a convivir, respetar unas normas y unos límites y aprender progresivamente a expresar las emociones sin hacer daño a los demás. Pero educar no debería consistir en conseguir niños que molesten lo menos posible.
Incluso los niños que no dan problemas tienen derecho a protestar, enfadarse o necesitar más atención en determinados momentos. Un mal día no significa que hayan dejado de ser responsables o autónomos.
Simplemente significa que son niños.
Ser autónomo no significa no necesitar a nadie
Fomentar la autonomía durante la infancia es fundamental. Queremos que nuestros niños aprendan a vestirse, recoger, resolver pequeñas dificultades y hacer progresivamente más cosas por sí mismos.
Pero existe una diferencia importante entre autonomía y soledad.
Un niño puede saber ponerse los zapatos y querer que hoy lo ayudemos. Puede resolver una actividad solo y necesitar enseñarnos el resultado. Puede ser independiente y seguir necesitando nuestra presencia.
Precisamente con los niños que no dan problemas podemos caer en el error de pensar que, como saben desenvolverse solos, siempre quieren hacerlo solos.
Por eso me gusta especialmente decirles: “Sé que puedes hacerlo solo, pero si me necesitas estoy aquí”. Con unas palabras tan sencillas transmitimos dos mensajes fundamentales: confiamos en sus capacidades y, al mismo tiempo, les recordamos que pueden contar con nosotros.
¿Prestamos atención a quien nunca la reclama?
Podemos hacer un ejercicio muy sencillo, tanto en casa como en el colegio. Pensemos en qué niños reclaman nuestra atención constantemente. Seguramente sus nombres aparecerán rápidamente en nuestra cabeza.
Ahora hagamos la pregunta contraria: ¿quién casi nunca nos reclama?
Quizá necesitemos unos segundos más para responder.
Es posible que entre ellos encontremos a esos niños que no dan problemas que esperan su turno, juegan tranquilamente, realizan sus tareas y rara vez necesitan que intervengamos.
También necesitan que nos acerquemos, que les preguntemos por su dibujo, que nos interesemos por aquello que están construyendo o que simplemente les preguntemos cómo están.
No porque sospechemos que existe un problema. Simplemente porque también necesitan sentirse vistos. Los niños no deberían tener que portarse mal para conseguir nuestra mirada.
La tranquilidad no debe convertirse en una señal de alarma
También debemos evitar caer en el extremo contrario. Hay niños tranquilos, autónomos, responsables y observadores que son perfectamente felices. Cada niño tiene su personalidad y no debemos convertir la tranquilidad en algo preocupante.
Hablar de niños que no dan problemas no significa pensar que detrás de cada niño tranquilo existe una dificultad escondida. Se trata simplemente de no asumir que la ausencia de conflictos significa automáticamente que todo está bien.
Para saberlo no necesitamos buscar señales continuamente. Necesitamos algo mucho más cotidiano: observar, escuchar, preguntar y conocer de verdad a cada niño.
Mirar antes de que tengan que hacerse notar
Como docentes, es lógico que buena parte de nuestra atención se dirija hacia el alumnado que más nos necesita. Como familias, también es comprensible que dediquemos más tiempo al hijo que atraviesa una dificultad o reclama continuamente nuestra presencia.
Pero, de vez en cuando, conviene mirar hacia el otro lado.
Hacia ese alumno que siempre espera su turno. A una hija que dice que todo está bien. Ese niño que hace las cosas solo y rara vez pide ayuda.
Esos niños que no dan problemas que quizá no necesitan una solución, sino simplemente comprobar que seguimos estando ahí.
Tal vez mañana, al entrar en clase, podamos acercarnos al niño que nunca viene a buscarnos y preguntarle qué está haciendo. Tal vez esta tarde, en casa, podamos sentarnos un rato junto al hijo que parece necesitarnos menos y preguntarle cómo ha sido realmente su día.
Puede que no ocurra nada extraordinario. Quizá nos diga que está bien, nos enseñe lo que estaba haciendo y continúe jugando. Y será suficiente.
Porque educar y criar no consiste únicamente en aparecer cuando algo va mal. También consiste en estar presentes cuando aparentemente todo va bien.
Quizá esa sea la reflexión que deberíamos llevarnos familias y docentes cuando pensamos en los niños que no dan problemas: que no debemos esperar a que levanten la voz, se enfaden o tengan una dificultad para recordarles que estamos ahí.
A veces basta con una pregunta, unos minutos compartidos o una mirada que diga: te he visto, sé que estás ahí y también me importa lo que tienes que contarme.
Porque ningún niño debería sentir que necesita tener un problema para recibir nuestra atención.
A veces, los niños que menos nos reclaman son también los que necesitan comprobar que nunca hemos dejado de mirarlos.









-0 Comentario-